Para unos un zapatazo es un mal menor, una simple ofensa a la dignidad de quien lo recibe. Aunque no le mata, le lastima el orgullo. En algunas culturas, como la Musulmana, es un gesto de desprecio que sólo se reserva para los animales.
Para otros, un zapatazo lanzado a un todopoderoso criminal de guerra es una acción tan peligrosa que quien lo propina -aunque falle- debe ser maniatado, encarcelado, torturado y sobre todo, alejado de la vista de todos para que no siga dando malos ejemplos.
Y como cada quien puede tener la versión que más le guste de cualquier cosa -según el intento posmoderno de relativizar todo- nosotros creemos que un zapatazo dirigido a la razón del poder, a la brutalidad de quién hace lo que quiere basándose en el dinero o en la fuerza de las armas, es ni más ni menos que una valiente manifestación artística, dado su poder de crear contenidos. Ni más ni menos que una muestra de esa Estética de la Desesperación de quien convierte un objeto cotidiano e inofensivo en un llamado de atención acerca de lo que va mal. Por ello, siguiendo el (mal) ejemplo de Muntazer Al-Zaidi, usamos lo que tenemos a mano para expresar un descontento. Y nos valemos del noveno arte, del lenguaje de esos comics que si bien son cotidianos no tienen nada de inofensivos, para entonces mandarle un zapatazo gráfico narrativo a los poderosos. Sólo por fastidiarles la paciencia.
Quien quita, a la mejor damos en el blanco.